Gustavo Espinosa
Historias de hombres desorientados

Titolo Historias de hombres desorientados
Autore Gustavo Espinosa
Genere Narrativa      
Pubblicata il 16/09/2016
Visite 940
Editore Liberodiscrivere® associazione culturale edizioni
Collana Il libro si libera  N.  163
ISBN 9788893390064
Pagine 196
Note in lingua spagnola
Prezzo Libro 14,50 € PayPal

Versione Ebook

ISBN EBook 9788893390088
Prezzo eBook 4,99 €
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El protagonista de “El desperfecto”, relato con el que se abre esta selección, no consigue hallar a la mujer que ama por culpa de un fallo en la línea telefónica; Pablo, profesor universitario, recurre a una inquietante terapia psiquiátrica para remediar los errores del pasado; Gerardo, marino mercante, intenta adaptarse a los cambios en su relación amorosa cuando en el país retorna la democracia.
Historias de hombres en busca de un lugar en el mundo:
Historias de hombres desorientados.
Inmerso en atmósferas surreales y metanarrativas que evocan a sus connacionales Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, cómodo ya sea con el drama, ya sea con la comedia grotesca, Gustavo Espinosa nos muestra el macho en la sociedad actual: porque en el último siglo la condición de la mujer ha cambiado y el hombre moderno tantea en la oscuridad para rencontrarse a sí mismo; pero en esa búsqueda, si se pierde la brújula, se puede terminar… desorientado.
Sergio Badino
Detesto a los celulares y a los aparatos electrónicos. Hace ya más de seis años que no tengo computadora ni televisor. No importa si me toman el pelo en el trabajo porque nunca estoy informado sobre las noticias de actualidad. Para mí, lo único importante, es disfrutar del tiempo libre leyendo un buen libro o armando aviones en miniatura.
Todo comenzó un sábado mientras esperaba la llamada de un amigo que vivía en Roma. Había escrito que llamaría ese día porque tenía una noticia importante. Me quedé en casa esperando. Sospechaba que se había enterado de algo sobre la vida de mi ex y prefería contármelo por teléfono.
Hacía ocho años y nueve meses que no sabía nada de ella. Me abandonó con un e-mail en el que escribió que se iba a recorrer el mundo junto a un chef italiano. Le bastaron once renglones para pulverizar once años de noviazgo. Una admirable capacidad de síntesis. Todavía no me explico por qué desapareció de la noche a la mañana.
Estaba nervioso, pasaban las horas, y mi amigo no llamaba.
A la tarde, preocupado, levanté el auricular y descubrí que el teléfono no tenía tono. Me agarró una bronca: ¡con lo que te cobran y el servicio es una mierda! No tenía manera de avisar a mi amigo del desperfecto.
 Mi casa siempre brilla como un espejo y me pongo de muy mal humor cuando algo se sale fuera de lugar. Por eso me pasé el resto del fin de semana levantando el auricular cada media hora. El lunes renuncié a mi almuerzo y fui a la oficina de la compañía telefónica a denunciar la avería. Tuve que hacer una cola larguísima y, para colmo, cuando llegué al mostrador, la oligofrénica de la empleada dijo que en el sistema mi número no registraba desperfectos y que, por lo tanto, no podía tomar el reclamo. Con ironía le pregunté si ella vivía conmigo para estar tan, absolutamente, segura de que mi teléfono funcionaba bien. Contestó con desprecio que no hacía falta; le alcanzaba con leer en su computadora que mi línea «no registraba desperfectos». Es increíble la fe cuasi religiosa que profesan algunas personas en las porquerías electrónicas. Exploté por la bronca y a los gritos pedí hablar con el gerente. Armé flor de quilombo, al final, y no sé si solo para que me calmara, tomaron el reclamo.  
 No me quedé tranquilo: el tema seguía dándome vueltas en la cabeza. ¿Y si realmente funcionaba? ¿No me estarían robando la línea? Quizás la usaban para llamar al extranjero o para pasar apuestas clandestinas. La cosa es que al regresar al departamento lo primero que hice fue verificar si tenía tono. Como lo suponía, el desperfecto continuaba. Traté de no amargarme, tomé mi pastilla para los nervios, y me dispuse a cocinar. Estaba cenando cuando escuché ese típico ruidito que hace el teléfono al marcar un número desde otro aparato en paralelo. Seguro de agarrar in fraganti al delincuente, levanté el auricular gritando toda clase de insultos. Me sorprendió escuchar una voz femenina que, asustada, pedía disculpas por haberme molestado. Quedé paralizado y, sin decir más nada, corté.
 Pasé los días siguientes sin pensar en el teléfono. Mi atención estaba centrada en no cometer más equivocaciones en el trabajo: si volvía a distraerme seguro me echaban. Pero al llegar el fin de semana, volví a preocuparme.
 El sábado ordené el departamento, lavé algo de ropa y me dediqué al aeromodelismo. Comencé a armar un torpedero Grumman TBM-3 avenger, de los que se componía la cuadrilla del famoso vuelo 19: la inexplicable desaparición de esos cinco aviones en el triángulo de la Bermudas es un misterio que desde hace años me apasiona. Estaba concentrado pegando una parte del fuselaje cuando escuché el sonido del teléfono.
– Hola – dije con tono educado.
– Ah, disculpe, estoy queriendo hacer una llamada, pero parece que las líneas están ligadas... ¿Es usted el señor de la otra noche?
– Sí… – tuve que reconocer, poniéndome colorado.
 Había algo en esa voz que me atraía. No sé, la suavidad con que pronunciaba las palabras, el tono pausado, dulce. Me hubiera gustado quedarme charlando con ella, pero como la situación no daba para más, con amabilidad, corté.
 El lunes volví a la oficina de la compañía telefónica y reiteré enojado mi reclamo. Una empleada masticando chicle, con anteojos y cara de «qué se le va a hacer», me explicó que los técnicos estaban en huelga por tiempo indeterminado y que no quedaba otra que armarse de paciencia. Salí a las puteadas. Al pasar por la confitería en la cual solía encontrarme con mi ex antes de entrar a la universidad, creí reconocerla estudiando en una mesa. Me acerqué unos metros y me di cuenta de que no era ella.
 Esa noche, mientras cenaba, volví a escuchar el ruido del teléfono. Estaba seguro de que era la misma mujer. Con cierta ansiedad levanté el auricular.
– Hola – dije y escuché esa voz angelical.
Comentamos unos segundos la barbaridad de que los técnicos se declararan en huelga por tiempo indeterminado. Nos consolamos mutuamente, y me despedí con un «hasta la próxima». Está claro que terminar así un cruce de llamadas es de lo más absurdo. Sin embargo creo que esa frase, mejor que ninguna, expresaba lo que sentía en ese momento. Estaba seguro de que volveríamos a hablar: algo me decía que nuestros teléfonos continuarían ligados. Y así fue.
Al principio nos reíamos de nuestra desgraciada incomunicación y nos despedíamos, bromeando, hasta el día siguiente; luego, por un tácito acuerdo, comenzamos a encontrarnos todas las noches. Hablábamos hasta muy tarde y ya no tuve que tomar antidepresivos. Me contó que vivía sola en una antigua casona del barrio de La Recoleta y que era aviadora civil. Me dijo que un día iniciaría un vuelo de largo aliento: se elevaría por encima de las nubes y llegaría donde nunca antes lo había hecho una mujer, pero que, por ahora, dedicaba su tiempo a preparar el recorrido de su viaje. Se reía de mis chistes. Le encantaba conocer los detalles de cómo armaba los modelos en miniatura y me hacía un montón de preguntas. Yo quedaba sin aliento cuando ella, con mucha erudición, relataba las costumbres de los porteños a comienzos del siglo XX. Ambos amábamos a los escritores rusos y habíamos leído casi los mismos libros. Nos gustaba el teatro y disfrutábamos de las óperas de Verdi. Le conté que tocaba la guitarra y una noche le canté una canción que había compuesto. Lloró cuando le dije que se la dedicaba. Con mucha fuerza intuía que, por fin, la había encontrado. Mi día se partió en dos: el momento en que charlaba con Myriam y una larga, interminable, espera.
 Una noche conversamos hasta la madrugada, le pregunté si no le gustaría una tarde salir a tomar un café juntos, así podríamos conocernos. Aceptó de inmediato.
– En realidad ya nos conocemos – dijo –, solo falta que nuestros rostros se descubran.
Pensamos que lo mejor sería encontrarnos a las seis de la tarde en el Tortoni. Me sentía tan feliz que, en lugar de caminar, flotaba a diez centímetros del piso. Llegué a la cita media hora antes de lo pactado. El bar estaba casi completo, pero igual conseguí una mesa desde la cual podía observar todo el panorama. Pedí un café y me dispuse a esperar. Miraba atento el continuo entrar y salir de hombres de traje y mujeres bien vestidas. Los minutos pasaban. Ordené otro café. La pareja de la mesa vecina pagó y se fue. En su lugar se sentó un hombre con pinta de ejecutivo que se puso a leer el diario. Pegué un salto al ver a mi ex entrando en el baño de las damas. Contuve el aliento hasta que volvió a salir. No era ella, me había confundido de nuevo. Pensé en la posibilidad de un error y confirmé con el mozo el nombre del lugar. A las siete menos cuarto, mi vecino dobló con cuidado su diario y también se marchó. Myriam no llegaba. Comencé a preocuparme. ¿Le habría pasado algo malo? Angustiado a las siete me alcé de la silla y, por las dudas, antes de retirarme, recorrí el salón, mesa por mesa. Estoy seguro de que de haberla visto, la habría reconocido. Pero, esa tarde, Myriam no estaba.
 Salí desanimado, casi sin fuerzas ni para caminar. Como en cámara lenta, tomé el colectivo hasta mi casa y, al entrar, escuché el teléfono.
– ¿Por qué no fuiste? ¿Te pasó algo? – dijo Myriam con voz agitada – ¿Estás enfermo? Te esperé casi una hora.
Quedé mudo mientras ella, afligida, continuaba interrogándome. Le dije que se calmara, que no había tenido ningún problema.
– Entonces, ¿por qué no fuiste? –preguntó perpleja.
Traté de explicarle que yo también había esperado en el bar más de una hora y que seguro el desencuentro se debía a una confusión. Pero, para sorpresa de ambos, la hora y el lugar eran los correctos. Nos costó varios minutos reponernos del desconcierto. Continuamos hablando, pero los silencios se volvieron tan largos y estridentes que pensé que alguno iba a cortar. Por fortuna, superamos el mal trance y la conversación terminó de lo más divertida, riéndonos de mis chistes sobre fantasmas.
 Todo regresó a la normalidad. Seguimos charlando por las noches y, pocos días después, surgió la idea de una segunda salida. Esta vez, afirmamos, no habría confusiones. Pensamos en un bar menos concurrido. Repetimos hasta el cansancio la dirección, cómo iríamos vestidos y la hora del encuentro.
 Llegué al lugar cuando faltaban solo cinco minutos. Busqué una mesa al lado de la entrada. Pedí un gin-tonic y comencé la espera. Como la vez anterior, Myriam no se presentó. Volaba de la bronca. ¿Qué le habría sucedido? ¿Estaría tomándome el pelo? Hecho una furia regresé al departamento, pero cuando escuché su voz angustiada y casi fuera de quicio, mis dudas sobre su comportamiento se derrumbaron.
– ¿Te pensás que soy idiota? – gritaba como enloquecida – ¿Por qué no fuiste? ¡Mirá que ya no tengo edad para jugar a las escondidas!
Intenté calmarla, pero no quería escuchar razones. Tuve que jurarle por mi madre que yo también había ido y, recién entonces, se quedó callada. Con firmeza, le dije que el desencuentro tenía una explicación y que yo la iba a descubrir.
– Por lo tanto – continué con tono seguro –, lo mejor es no hablar del tema hasta que nos veamos.
Envalentonado ante su silencio, agregué que, para evitar cualquier equívoco, la esperaba al día siguiente en mi departamento para que cenáramos juntos. Además, le dije, tendría una respuesta a lo sucedido. Colgué convencido de mis palabras, pero la verdad es que todo el asunto me resultaba de lo más inexplicable.
 Al otro día conseguí salir temprano del trabajo. Mientras preparaba la cena, el cielo se cubrió de nubes y se largó a llover. Mi corazón latía desbocado. Trataba de tranquilizarme pensando: «Ya debe estar por llegar. En cualquier momento suena el portero». Miré por la ventana: la tormenta empeoraba. A la media hora me descontrolé. Tomé el teléfono y marqué cualquier número esperando que ella levantara el auricular. Silencio amenazador. «Va a venir, va a venir», repetía una y otra vez, como quien reza por la salud de un ser querido.
 Poco después, mareado por los ansiolíticos, me tiré en la cama. Creo que dormí porque pegué un salto al escuchar el teléfono. Era Myriam, que lloraba desconsolada.
–¿Tuviste un accidente? – pregunté preocupado.
 Por contestación, solo sentía su llanto herido. Cuando se calmó, dijo con voz entrecortada:
– ¡Me engañaste! No vivís en esa dirección. Estoy empapada. Me cansé de tocar el timbre. Hasta llamé al encargado del edificio, pero tampoco contestó. Antes de irme, toqué el portero eléctrico de un vecino y… ¿sabés lo que dijo?
Se largó otra vez a llorar.
– Que no te conocía y que ese departamento está deshabitado.
– ¡Pará Myriam! – grité  –. ¡Jamás podría engañarte!
–No sé qué pensar... Creí que eras… Creí que eras diferente.
– ¡Y lo soy! Te lo puedo demostrar. Dame la dirección de tu casa y espérame, por favor.
 Antes de cortar, le hice algunas preguntas sobre mi edificio y lo describió a la perfección. Además, mencionó la antigua panadería que está enfrente. Pero, entonces, si había estado en la puerta de mi casa, ¿qué había sucedido? Llamé al encargado quien, malhumorado y en chancletas, dijo que había pasado toda la tarde mirando televisión. Con su ayuda verifiqué que el portero eléctrico funcionara. Sin averiguar más, salí corriendo. La tormenta estaba en su peor momento. Como pude me colgué de un colectivo y bajé en la calle de su casa. Recorrí bajo la lluvia varias cuadras intentando no pensar, pero cuando llegué, el miedo me paralizó. Por una ventana rota se podía ver que la casa de Myriam estaba vacía. Parecía abandonada desde hacía décadas. Comencé a darle patadas y puñetazos a la puerta hasta que me sangraron los nudillos. No tuve fuerzas para preguntar a los vecinos y regresé caminando. Llegué muy tarde, empapado, confuso y con el pecho oprimido por la angustia. Así como estaba, me tiré en la cama.
A la mañana siguiente me levanté triste y decidí no ir a trabajar. Corrí las cortinas para dejar entrar algo de luz: la tormenta continuaba. Preparé el desayuno y me acomodé en mi estudio a reanudar el armado del torpedero Grumman TBM-3 avenger. Alrededor del mediodía noté que habían pasado un sobre por debajo de la puerta: era una carta de mi amigo que vivía en Roma. Como no conseguía comunicarse por teléfono, escribía para contar que se casaba y me invitaba a la ceremonia. Solo tenía que conseguir un pasaje: la estadía y el resto de los gastos corrían por su cuenta. Al final, casi por descuido, dejaba caer que se había enterado de que mi ex estaba embarazada. Calculé que hacía casi nueve años que no manteníamos relaciones. Ese hijo no podía ser mío. A la tarde finalicé de construir el avión de la famosa escuadrilla. El reloj marcaba las seis. Todavía tenía tiempo para ir al negocio a comprar un modelo nuevo.
El dueño del local en persona se adelantó a recibirme y, con una amplia sonrisa, preguntó qué andaba buscando. Le dije que no sabía y que esta vez me dejaría aconsejar. Contento buscó entre los estantes y, con mucho cuidado, colocó una caja sobre el mostrador. La contemplaba como si fuera un tesoro.
– Estos – dijo con ojos brillantes – son los planos de un monoplano de ala baja, un BFW con motor de ochenta caballos construido en madera de pino.
Abrí la caja y comencé a estudiar el diseño. El avión era una auténtica joya. Aunque me gustaba no tenía claro si comprarlo. El hombre leyó las dudas en mi rostro.
– A usted le interesan los misterios – dijo con la habilidad de un buen vendedor  –. Le aseguro que este avión tiene muchos.
Lo observé curioso.
– Esta es una reproducción exacta del Chingolo II – continuó con entusiasmo –, el monoplano que se perdió con la aviadora Stefford.
– No conozco esa historia.
– Myriam Stefford. Desapareció en agosto de 1931 durante un vuelo sobre la selva de Yungas en el norte argentino, un lugar donde la vegetación es tan densa que no permite entrar la luz del sol. Quería ser la primera aviadora en conectar Argentina con Estados Unidos. Recuerdo como si fuera ayer – dijo con tono nostálgico –, cuando mi abuelo relataba sobre los rumores que circularon en la época. Se decía que el avión había sido saboteado y algunos pilotos aportaron detalles siniestros al misterio: habría sido el propio marido quien, cegado por los celos, limó la chaveta del motor al enterarse de que su esposa estaba enamorada de otro hombre. La policía investigó durante un tiempo, pero no pudo comprobar nada.
Balbuceé que lo compraba y regresé en silencio con la caja entre mis manos. Sin cenar comencé a construir el monoplano de Myriam. Me quedé hasta muy tarde; esperaba su llamado. Al final, el cansancio ganó la batalla y caí en un sueño profundo.
La soñé en la carlinga del avión. Sabía que no la volvería a ver porque estaba por comenzar su último vuelo. Ella saludaba contenta antes del despegue. La hélice giraba impaciente en el sentido de las agujas del reloj. El viento acariciaba su hermoso rostro, igualito al de mi ex.
Serían las diez la mañana cuando me despertó el sonido del teléfono. El cielo estaba despejado. Levanté el auricular lleno de esperanza.
– Buenos días, señor – dijo una amable voz femenina  –. Llamo de la compañía telefónica para informarle que el desperfecto ha sido reparado.
 

 

El protagonista de “El desperfecto”, relato con el que se abre esta selección, no consigue hallar a la mujer que ama por culpa de un fallo en la línea telefónica; Pablo, profesor universitario, recurre a una inquietante terapia psiquiátrica para remediar los errores del pasado; Gerardo, marino mercante, intenta adaptarse a los cambios en su relación amorosa cuando en el país retorna la democracia.
Historias de hombres en busca de un lugar en el mundo:
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Inmerso en atmósferas surreales y metanarrativas que evocan a sus connacionales Jorge Luis Borges y Julio Cortázar, cómodo ya sea con el drama, ya sea con la comedia grotesca, Gustavo Espinosa nos muestra el macho en la sociedad actual: porque en el último siglo la condición de la mujer ha cambiado y el hombre moderno tantea en la oscuridad para rencontrarse a sí mismo; pero en esa búsqueda, si se pierde la brújula, se puede terminar… desorientado.
Sergio Badino

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